Poemas de Yolanda Hernández

A la intemperie

Es ahora y aquí,

a la intemperie.

Ahora que no hay prisa alguna,

que la luna está de fiesta,

la noche desliza su silencio,

y resignados duermen los duendes de las sombras.

Es la hora,

única y precisa

de abatirnos bajo el hechizo de esta noche

que anticipa ser larga y proxeneta,

de perturbarnos bajo la policromía de sus impúdicas horas,

de llenarnos de ruidos las grietas,

de arrastrarnos como serpientes en busca del infierno,

besarnos a bocados las esquinas,

entrelazarnos las lenguas

y tocarnos el cielo.

Hora de emplazar el fuego,

la lluvia y el jilguero

allí, donde convergen los delirios.

Hora de justificar el sudor,

el grito y el calambre,

de bebernos el miedo

y seguir el rumor de nuestras ganas

asidos a una fibra de la muerte.


Una mujer en la llama viva de su ser

Una mujer desnuda y en vigilia

es un verbo transformado en cuerpo,

homofonía de palomas y campanas

luna amarillenta e intempestiva,

un angosto hangar de sal y espumas.

Una mujer en las huellas viva de su ser

es un leño en la noche del augurio,

es una lumbre en fuego oculto,

una erguida melodía, un mar, la isla,

una manzana viva, el puñal y la brisa.

Una mujer desnuda es un árbol silente

transformando cada hoja en un espejo.

es el miedo, la hostia y el pecado

en el corpóreo infierno

que a gloria se transmuta.

Es en sí misma

el arco y la flecha en pleno vuelo

Alfonsina adornada de escamas inmortales

en la cartografía de todos los océanos.

A una mujer desnuda no le tiemblan las edades,

virgen o cortesana, prematura, o entera,  

igual se inquieta, sube,

se agita, camina, sobrevuela

trepidante se excede y dócil se derrama.

Es una anti-poeta que conoce

el lenguaje del duende y del sinsonte,

que sabe descubrir el golpe de una lengua

y con el cimbrar de su boca anochecida

improvisar lloviznas de dulce impavidez.

Ella es el ilógico furor de los sentidos

ante el escueto roce de unos dedos.

Es el fuego crepitante de una lengua,

en la humedad de dos seres, hechos uno

Una mujer en carne viva de su ser

huele a resina de cedro envejecido.

Sabe a pan, a cundeamor, a leche portentosa.

Toda mujer desnuda rompe lo inadmisible

cada vez que otro cuerpo

                                con su deseo la nombra.


Negación

Yo sé que a veces

como un misterio en penitencia

deambulas sus esquinas.

Que desandas desnudo

buscando tropezar en el bajío de su talle,

anhelando deshojar

los inquietos crisantemos que nacen de su pecho,

despojar sus sombras con tus besos taciturnos,

y con el agudo filo de tu lengua,

liberar los pájaros asidos a su pubis

y en él, sembrar con empeño tus deseos.

Yo sé que a tientas

sigues sus pasos de ciguapa adormecida,

buscando en sus ojos el resplandor que te requeme,

aspirando penetrar en lo profundo

de su sangre y de sus carnes, 

reverdecer en la reserva de sus labios

los años ocultos en la lumbre indecible de tu averno.

Y sé también

que buscas humedecer entre sus aguas

ese miedo insomne

que te tiembla bajo los párpados vencidos.

Tal vez quieras decir que no

que es tan solo vesania, imaginación

pero hay algo

en las dilatadas pupilas del que ama

un viso que lo apuesta y lo delata

aunque lo nieguen

mil veces sus palabras.


El último pájaro de la noche

Afuera, lo acostumbrado.

El alborozo de la medianía,

la urbe y sus pesadillas,

las calles avergonzadas de sus ruidos

de su olor a libido y nicotina,

los perros insomnes ladrando sus angustias,

la esperanza en bolsas de mercado,

las agonizantes chimeneas,

el rumor de muerte en cada vértice,

el anciano acuchillando la memoria,

las teenagers con sus ombligos enjoyados,

las blancas y las mulatas rozando la tierra

sacudiendo sus nalgas al ritmo de un dembow. 

Adentro, tú y yo.

Bajo la feraz alquimia del deseo

unidos por gestos y corambres

inventando ritos nuevos

hablando de incendios y de espejos

o la locura de Van Gogh

o Aristófanes y sus cuarenta comedias,

o Rulfo, Whitman, y la Kahlo

o nuestros muertos.

Adentro, tú y yo

rayando la locura,

ignorando la urbe y sus ficciones

mordiéndonos el cuello

delineándonos las alas,

consumiéndonos las bocas,

quemándonos a fuego lento

liándonos,

disolviéndonos en cada beso

entretejiéndonos,

penetrándonos sur abajo

dejando volar

al último pájaro de la noche

y entre tibias espumas

ciegos a medias

vemos como la muerte

vencida,

se derrama.

Vemos como la muerte

vencida,

se derrama. 


Si te dijera Aída

Seria y callada frente al mundo que es una piedra humana

Verso del poema «Una mujer está sola»

Aída Cartagena Portalatín


Si te dijera, Aída, que al igual que tú,

otra mujer está sola.

Sola, con los ojos y los brazos

abiertos en medio del mundo.

Sola, precisamente en esa hora,

cuando la ciudad se desangra y tiene hambre,

cuando el sol se coloca justo a la mitad del cielo

y se deleita calcinándonos la cordura.

Sola,

con la impotencia de ver cómo entre la gente,

de los perros que deambulan batiendo su agonía,

aún camina el asombro y el desacierto

el atropello, la iniquidad y el desafuero

de ver como el firmamento se desprende a pedazos

y como ovillo la vida se deslía.

Sola, porque su voz es cada vez menos estentórea

y su palabra, una metáfora de silencio prohibido.

Sola e impotente,

como esperma atrapada en una bolsa de mercado

que por mas que quiera denunciar

todo se dilata en círculos concéntricos,

todo queda en noticias y sociales,

todo se acomoda en casa del burgués.

Sola, con la impotencia,

de ver cómo trafican con la inocencia y la esperanza

como la democracia se quiebra como un ánfora de barro.

Sola, viendo cómo la muerte se reinventa

en cada mujer estrangulada

y en cada niño huérfano de dios,

que nace sin su ángel de la guarda

y sin un trozo de pan debajo del brazo.

No quieras regresar Aída,

aquí convulsionarías de dolor y de impotencia

quédate ahí dormida e inmortal,

abreviada en la tierra a tu justa estatura

rodeada de humedad, de liquen,

cundeamor y crisantemos,

que es mejor que estar rodeada

de este infierno habitado por protozoarios y fantasmas.

Ahora

que ya nada te preocupe, Aída.

Que las cosas de este mundo no sean tu prioridad,

pues tú no sabrías qué hacer con la inmundicia.

Florece en el lugar de ancho silencio

donde ahora tú yaces taciturna

allí, donde todo es equilibrio

Porque aquí,

a millones de kilómetros de tus huesos

el mundo se evapora

 por el exceso de inquina y de basura.

Si te dijera, Aída

que somos muchos los que estamos solos

solos con la torpe manía

de seguir soñando en espiral.


Esta ciudad no es la misma cuando oscurece

La luna apenas insinúa una sonrisa

y aunque arden algunas luciérnagas

todo es un depósito de sombras

de un calcinado silencio,

de tuertas farolas esparcidas por sus calles,

de prostituidos edificios y apagadas chimeneas.

Los párrocos cesan las liturgias,

sofocan los inciensos y silencian las campanas.

Sobre la confluencia de sus ríos,

las luces tornadizas del congreso titubean

en cuanto, primitivas cicatrices

emergen de sus aguas.

Arriba,

en el cuarto de un ruinoso motel,

una mujer alardea sus múltiples orgasmos,

mientras abajo,

en medio de su propia herrumbre y estiércol,

sin temor a los cíclopes ni al silbido de la muerte,

ni a las ratas que ávidas corren por las esquinas,

inconsciente, tranquilo y feliz

duerme un indigente

cubierto de noticias y sociales.

En esta nocturna humedad,

a la hora en que todo pierde la memoria

la ciudad penetra

como un rayo en mis adentros.

En un teatro de vigilia y ensueño

te pienso, te tiemblo, te gimo.

y escurro la última gota

que quedó de tu aguacero.


Como esperar a un hombre

A un hombre se le espera

sentada al fondo del cielo

             con la piel untada de luna

disoluta la boca

nomeolvides al pelo

y mil luciérnagas

              amarradas en los senos.

Se le espera

               con una nube de sinsontes

              prestos a salir por la garganta,

              sin frontera entre la boca y el sur

              con un corazón ardiente

              latiendo

              entre la furtiva geometría de su origen.

A un hombre se le espera

entre aguamieles y sortilegios,

con vino tinto en los labios,

una victrola rayando sus versos,

un reloj ya pensionado

y la puerta

                 premeditadamente…

                                                   entreabierta…


Hoy es sábado y la ciudad lo sabe

Por eso ha pintado de color grana sus labios.

Medio ebria, medio antorcha, medio fiera,

de codos, frente al cristal de la ventana,

espera como siempre el retorno de la lluvia.

La ciudad ignora

que la lluvia es adúltera,

y que no volverá

a demorarse en los andamios de su boca,

ni a lamer su sexo

con los aguados filos de su lengua,

ni a quebrantarse en su agrietado pavimento.

El sol se ha entumecido

frente a las extenuadas pupilas de la ciudad.

Ahora somos dos asidas al cristal de la ventana,

retorciendo las horas

invocando al aguacero.


Biografía de Yolanda Hernández

Yolanda Hernández

Hernández, Yolanda (Rhode Island, USA) Poeta, actriz teatral y gestora cultural dominicana residente en RI. USA. Promotora del arte y la cultura a través de ferias del libro, teatro y tertulias literarias. Creadora del grupo literario Poetas del Monte y presidenta de la editora Taínos Editores. Ha publicado los poemarios: «De la ciudad y otras luciérnagas/On The City and Other Firefliers» (bilingüe 2018), «Aroma» (2013) y a dúo con el poeta César Sánchez Beras «Cuerpo de Goces, ‘Colección de Senryu’»(2019). Integra varias antologías poéticas, Festival Internacional de Poesía Los Confines, Tierra sin puntos cardinales (Editorial UNAH 2019, Honduras), Retrato íntimo de poetas dominicanos, Antología de la diáspora (Taínos Editores 2019), Agua de dos ríos, Poemas, prosas y traducciones: colección bilingüe de Rhina P. Espaillat, (Obsidiana Press 2017), Voces del vino Maria Palitachi (Book&Smith 2017)) La Guagua Poetry Anthology: Voices and Translation 2017” (Loom Press), The Americas Poetry Festival of New York 2015 (Artepoética Press). Solo para Locos volumen II (Batista-Jakab, Lourdes, 2015) y en Voces Poéticas Latinas de New England (Peralta, Luis, Páramo Editorial, EEUU. 2013).