La mujer y el viento
Un cuento de Zoé Jiménez Corretjer:

LA MUJER Y EL VIENTO

Me metieron en la caja. Pero yo sabía que no estaba allí. Me sentía afuera, entre todos, desde siempre y como siempre. Lo único, que ellos no me veían. El miedo que llevaba aquellos tres días anteriores, se había disuelto y lo vi desaparecer, envuelto en una nube de estrellitas amarillas y blancas, como en una pequeña explosión, de polvo de mercurio. Entonces, yo estaba allí, anclada, sostenida por ese palo, que siempre me había dicho yo misma que llevaba por dentro. Durante el primer estado, el del huevo o el de la carne, como quieras llamarle, cada vez que sentía angustia, me decía a mí misma: “calma y paz, levanta ese palo que tienes por dentro, ponlo fuerte, derecho y duro. No dejes que nada te doble el rostro, aguanta y lucha…” y así nada más, se me iba todo…

Era eso lo que sentía por dentro ese día. Y mientras ellos caminaban, yo iba entre ellos. Los escuchaba, pero no me sentía triste. Llegaron al cementerio. Y lo vi todo, todito.  El cura, mi familia llorando, flores que quedaban atrapadas en la fosa y algunos, otros, mis amigos. No me sentía que volaba, era como si caminara, pero sin pies. A la misma altura de todos. Lo único que recuerdo, que me agradaba en particular, era el viento. El aire me daba un placer obsesivo, me gustaba dejarme mover por él. Sentía que me poseía, que me unía con él entre una sábana de seda muy fina, la más delgada del mundo, una que nunca había sentido antes.

Todo fue suave, nada abrupto, nada por sorpresa. Era como si lo esperara y me esperaran. Lo único raro, es que de vez en cuando, veía una lucecita pequeña color luciérnaga que me zumbaba alrededor. Cuando venía, venía también el viento y con ellos, me visitaba un zumbido fuerte. Por algunos momentos sentía que me iba a vencer. Poco a poco me di cuenta que tenía que ponerme fuerte con el sonido. Era largo y delgado y se enterraba en mi cuerpo. Cuando me ponía fuerte y me quedaba contemplando la luciérnaga aquella, como si mirara una estrella en la noche, se asustaba él y se iba. Entonces, la luz bailoteaba a mi alrededor, se ponía como un cometa pequeñito y se desvanecía. Era entonces que se quedaba el viento y era un gusto, tan tranquilo y divino, como si se me metiera por dentro y me hiciera el amor. No sé cuantos días pasaron, porque el tiempo… no puedo medirlo bien. La gente se fue, pero allí quedaban conmigo otros, que caminaban alegres y otros que se iban con las luces a otras partes, y otros que se quedaban inmóviles todo el tiempo. Para mí, la luz, como que se quedaba alumbrando de otra manera y las estrellas eran más grandes en la noche.

Aquel día, se iban yendo poco a poco y había algunos que no querían irse y otros que se fueron todos muy tristes y yo iba quedando un poco sola.  Pero como no sentía tristeza, solamente los miraba.  Pero fue muy raro, porque en vez de seguirlos, comencé a sentir que no me movía, que solamente podía balancearme alrededor de ellos si estaban cerca de mí. Flotaba alrededor de un espacio limitado y circular, pero regresaba a un punto fijo. Todos se iban despidiendo del piso, de la tierra, y uno que otro miraba al cielo y se hacía una cruz. Y yo los miraba de frente sonriendo. Pero ellos insistían en mirar hacia abajo. Casi como vinieron, a través de un camino de hormigas, como un río de sangre, así también, se fueron.

Yo empecé a sentir una fuerza que me enderezaba. Como una sensación que me presionaba de adentro hacia afuera. Y sentía que se me estaba abriendo la carne por debajo, pero no me dolía. Mis dedos se iban alargando y multiplicando y era como jugar a hacer bolitas con la tierra. La arañaba con mis pies, me la untaba por los dedos y buscaba el agua fría que arropa la tierra en la parte oscura del suelo.

Sentía en mi torso un poco de calor, como un fuego pequeñito, en un punto fijo. Y esa sensación de sexo apretado, de órgano internándose en mis entrañas. Eso mismo me levantaba la espina, me ponía la cabeza derechita y me mantenía como una plantita de tomate, para que no me doblase. El viento seguía a mi lado, me tomaba las manos y me hablaba. Yo le pedía que me besase, que no me dejara. Era espeso y tenía un perfume de noche lluviosa, una mezcla de sándalo y albahaca. A veces, abría mi boca, para que me entrase por dentro y se formaba una especie de eco interminable, como si mi boca ahora fuera un túnel debajo del mar.

Todos se fueron y como no podía seguirlos, solamente me quedé mirando el cabello largo de mi hija, que revoloteaba con el viento y su cara volviéndose continuamente, una y otra vez, como si me viera, con los ojos llenos de agua.

Al día siguiente, el viento empezó abrazarme y yo creía que me iba con él. La lluvia caía encima de nosotros, y me perfumaba el cuerpo, me iba haciendo yo también de sándalo y albahaca. Hasta que me di cuenta de que ya no me movía. El círculo pequeño que recorría era una ilusión. Era la parte de arriba de mi cuerpo que se balanceaba, ahora toda de él, toda suya, como una melena abultada, llena de flores. Mi cuerpo se había hecho con el semen del viento, por eso tenía el color de las almendras y la sombra de las aves. Mis piernas ahora eran una sola, larga y espesa, por donde mi amor recorría de arriba abajo, pegajoso. Por mis brazos, los pájaros se venían a arrullar y parece que se inspiraban con nosotros, porque hacían el amor en mis ramas. Y toda yo era viento y hojas que se mecían en un dulce ondular, como en un acto de amor que nunca termina. Nos adoramos toda la vida y fui feliz así, viendo ir y venir a la gente, escuchar a los pájaros desenredarse las alas de mi pelo y a algunas mujeres, que imitándome, cogían del piso las flores que yo dejaba caer por el viento.

Un día, vino mi hija y me miró de frente. Después siguió viniendo. Llegaba y se sentaba en mi falda un rato, y me hablaba; no sé por qué… como si supiera que yo estaba allí siempre, por siempre.

“ Un día, vino mi hija y me miró de frente. Después siguió viniendo. Llegaba y se sentaba en mi falda un rato, y me hablaba; no sé por qué… como si supiera que yo estaba allí siempre, por siempre.”

Zoé Jiménez Corretjer


Biografía de Zoé Jiménez Corretjer

Zoé Jiménez Corretjer

Zoé Jiménez Corretjer posee un doctorado de la Universidad de Temple en Pennsylvania. Tomó cursos en la Universidad Complutense de Madrid y varios seminarios en el Ateneo de Madrid para los años 1984 a 1985.

Ha publicado: Puerto Nube (novela, 2008),  los poemarios:  Rosa Náutica (Madrid, 2008), Sala de espera (2007),  Antigua Vía (2007), Cánticos del Lago (2007), el libro de ensayos: La mano que escribe: Literatura, arte y pensamiento (2007, Primer Premio Nacional de Ensayo 2008 del Pen Club de Puerto Rico), una colección de relatos fantásticos:  Cuentos de una bruja (2000) y sus primeros poemarios: Poemanaciones (1992), Crónicas Interplanetarias (1991) y  Las menos cuarto (Madrid,1985). Publicó también:  El fantástico femenino en España y América: Martín Gaite, Rodoreda, Garro y Peri Rossi (2001).

Las camelias de Amelia

Su obra figura en varias antologías literarias.  Actualmente es catedrática en el Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Humacao y es directora del Cuaderno Internacional de Estudios Humanísticos de su departamento.