La historia más triste del mundo

José E. Santos


Si no lo cuento no me lo cree nadie. De solamente recordarlo se me rechinga el entendimiento como diría papá. Nunca le hice mucho caso cuando lo decía. Mi padre tampoco me hizo mucho caso a mí, así que igualamos la suerte. Pero él no está aquí ahora como yo, de mesera en un establecimiento de segunda clase en San Salvador. “La pobrecita mexicaca” me dicen por pena y por burla mis pinches compañeros de trabajo. El chingón de mi padre vive en el Distrito Federal, feliz de la vida, ignorante de la suerte de esta que aquí les platica y se lamenta, Conchita Gutiérrez, servidora.
Mi historia tal vez no sea única, pero lo es suficientemente como para sentirme la persona más desgraciada que haya habido en el mundo. Después de tantos años sirviendo en pequeñas cafeterías, o trabajando en negocios incipientes del centro de la ciudad, se me presentó una gran oportunidad que me auguraba alguna estabilidad y un salario decente. Trabajaría en Villa María, restaurante de primera que quedaba cerca de algunos de los mejores hoteles de la ciudad. Fue mi cuñada quien me dio la ayudita.
─Te digo Conchita que eres perfecta para este trabajito.

─¿Tú crees que me lo den? ─Sabes que llevo en la cocina más de tres años. Me tienen confianza. De seguro que hay entrevistas, pero yo he hablado muchisísimo de ti, manita. Ya vas a ver que te lo dan.

─¡Que te oiga la Virgencita!
Y yo por varios meses pensé que la Virgen la había escuchado, porque, no sólo me dieron el trabajo, sino que me iba muy bien. Me respetaban los compañeros, y la clientela era generosa conmigo al dar propinas. Esto me dio la oportunidad de ahorrar como en verdad deseaba siempre. Ya me sentía segura, y pensaba que la vida al fin se portaba bonito conmigo. Una se deja llevar por la corriente refrescante, se sumerge en la placidez que construye como un manto al sonreír y devolver las sonrisas, espacio en el que el futuro descansa como el amor que nunca ha de abandonar nuestros brazos.
El principio del fin, como suele decirse, fue el chingo que me montó un cliente hijo de su rechingada. Fue como un fantasma que se volvió real por puros cojones, para luego desaparecer y dejarme entre infiernos y abismos. Yo había despertado muy feliz esa mañana. Un martes precioso. Tenía aún fresco el recuerdo del domingo, del paseo que di con mi cuñada y mis sobrinos por Xochimilco. Mi alegría era contagiosa, y en el restaurante todos estábamos de buenas, de chiste en chiste y de labor en labor. Entonces, este total imbécil me ha pedido servicio como si se tratara de que estuviera peleado con su mujer. Me tomó del brazo y forzó mi vuelta.
─Le dije que era un tequila doble. ¿Es usted sorda?
─Oiga, que no soy su vieja ni le voy a aguantar insultos.
Como de la nada, agitada por el cambio súbito de emociones, he tomado el tequila y se lo eché encima. Ni yo misma me reconocía. El local se silenció. Caminé a la cocina a ver a mi cuñada y una mano me detuvo. Gerardo, encargado ese día de las labores gerenciales me llevó consigo a una esquina.
─Conchita, ¿qué demonios haces?
─Güey, ¿no viste el modo en que se propasó conmigo? Oye, que yo a todos los trato bien, pero si el mamón me alza la voz de esa manera se lo hago saber tantito y de inmediato.
─No mames tú, Conchita, que has metido la pata. Ese güey es Mendoza.
─¿Y qué se me da a mí que sea Mendoza u otra cosa?
─Pendeja, Mendoza el de la Federal, el coronel.
¡Mala leche! Al tal Mendoza me lo había mentado mi hermano alguna vez, y sé que salía en los noticiarios en ocasiones, casi siempre al frente de una turba de policías gustosos de dar golpes en el Zócalo durante cualquiera de las manifestaciones. Muy poco se me ocurrió luego de caer en cuenta de todo.
─¿Pues ahorita qué le hago, Gerardo?
─Pues nada, que vas y te disculpas, que le llevas por la casa la bebida y lo que se le antoje de comer. ¿Qué piensas mujer? Ahora a ver si esto no pasa a mayores y que no nos chinguen. Yo creo que el jefe debe conocerlo y podría resolver el asunto, pero igual corta por lo sano y te echa a la calle. Nada, debes ir y decirle algo como lo que te dije, mientras acá te echamos una plegaria.
Salí, pero no lo vi. Me dijo Mario, el muchacho de la puerta, que lo vio salir alborotado. “¡Ya está armada!”, pensé.
─¿Te dijo algo? ─pregunté.
─Nada muy concreto. Dijo “puta de mierda” o algo así. Dejó unos pesos sobre la mesa. Igual se le pasa y lo olvida.
─Es que Gerardo me ha dicho que es el tal Mendoza que sale en la tele.
─¿El policía?
─Ese mismo.
─Mala cosa. Ahora que lo pienso se me parece, sí. No suena bien esto, Conchita. La neta es que de seguro el jefe se entera y se cabrea.

─Ya me dijo Gerardo.

─Igual Gerardo lo suaviza, o le da una versión que te favorezca.

─Pero el daño está hecho y no pude ni pedirle excusas.

─Ya veremos, Conchita. No pienses demasiado. Ya te llamarán para platicar sobre esto, me imagino. Hasta entonces sigue en lo tuyo. La semana transcurrió con bastante normalidad aunque yo me la pasé nerviosa. Hablé con Gerardo y me dijo que el jefe haría averiguaciones, que hasta entonces me quedara tranquila. Tranquila, lo que se dice tranquila, pues dudo mucho haberme sentido. Como suele ocurrir cuando a uno le pasa algo, si encendía el televisor durante todo ese tiempo salía la cara del Mendoza. Toda una pesadilla, amén de las que tenía por cuenta propia al dormir. Si cambiaba el canal al rato salía el Mendoza. Si pasaba un día y volvía a encender, al menos el presentador del noticiario lo mencionaba. Igual pasaba con la radio. Otras veces veía reportajes de las manifestaciones, y la lluvia de golpes del río negro de federales sobre la multitud, y cada diez o doce palabras el nombre de Mendoza. Varias veces pensé que Dios existía y me odiaba, y de igual manera me lanzaba a la iglesia a pedir perdón por haber pensado de esa forma. Se me volvía una tortura el vivir. A la vez, operaba en mí algo que nunca había sentido. Cada vez que veía las golpizas en la tele me identificaba con ellas. Nunca les había dado mucho pensamiento antes, pero el ver a los manifestantes golpeados y heridos y pensar en los gritos de ese hombre en el restaurante se volvieron una misma cosa en mi mente. Una mañana, temprano, recibí una llamada de Gerardo.

─¿Bueno?

─Conchita, es Gerardo.

─¿Qué onda?

─El jefe quiere verte hoy en su despacho. Me dijo que te dijera que estuvieras preparada. Mendoza estará presente. Escuchar eso me llenó de un semillero de emociones encontradas. Llorar, pedirle de rodillas, matarlo, gritarle en nombre de tantos heridos, pensar en mi patria, pensar en mi pellejo: mi cerebro se volvió un horno en el que todo se volvía indistinto. Yo no quería ir, pero tendría que hacerlo.

─¿Me sugieres algo Gerardo? ¿Gerardo? ¿Estás ahí? Al parecer Gerardo interpretó el lapso generado por la dilación de mi pensamiento y de mis temores como el final de la conversación. Quise volver a marcarle, pero me contuve. Me preparé un té a ver si me sentía mejor. Tendría que llegar al trabajo en algún momento pero me sentía inestable. Mi cuñada vino a buscarme esa mañana. Me acompañó todo el trayecto. Me habló de sus hijos, de otras cosas. Yo la escuchaba y no la escuchaba. Llegamos. Era inevitable. Gerardo estaba en la puerta.

─Te esperan ─me dijo y sonreía. ¿Por qué sonreía Gerardo? ¿Estaría volviéndome loca yo y veía cosas donde no estaban? Me pareció extraño, pero no le dije nada. Caminé al despacho del jefe. Toqué. “Adelante” me gritaron desde adentro. Entré. Allí estaba, casi de espaldas, uniformado.

─Venga a sentarse, Conchita ─me dijo el jefe. Inicié la marcha. Cinco metros se me volvieron cinco kilómetros. Mi cerebro se volvió un menudo mal guisado, un hervidero de imágenes. Sentí como un mareo. Sentí náuseas. Sentí rabia. Me acercaba. Perdía el control de mí misma. Perdía el paso, el equilibrio, el sentido de las cosas, perdía todo. Caí sobre Mendoza. Caí fuertemente sobre él, mareada, y el destino impuso lo suyo: abrí la boca y vomité. Traté de hablar, pero solamente pude vomitar y vomitar. Caímos ambos al suelo. Mendoza se vio imposibilitado de moverse entre la silla, el escritorio y el peso de mi cuerpo. El jefe se levantó y me tomó por la cintura para levantarme. Me ayudó a sentarme.

─Conchita, ¿está usted bien? ─me preguntó. Sus palabras se mezclaban con mis pensamientos. Nada bueno saldría de eso. Nada bueno salió.

─El criminal, el criminal…. ─dije sin entenderme, sin atender a lo que hacía, sin el menor sentido de decoro o sensatez, empujada por el instinto desordenado que me dominaba.

─¿Pero qué atrocidad es esta? ─gritó Mendoza─. Me dijiste que era una persona considerada y mira lo que me dice la facinerosa. Algo no me parecía bien. Había un tono distinto en la voz de Mendoza. Entonces observé estupefacta los hechos que siguieron. Estupefacta, porque ese hombre se parecía al otro, pero no era el otro. El jefe ni se inmutó.

─Conchita, eres una desconsiderada. El Coronel venía a dar fe de que nunca estuvo ese día aquí, ¡y tú lo llamas criminal! Escuchar eso me lanzó a devolver todavía más. Bañé el escritorio del jefe.

─Conchita, no tienes perdón. Estás despedida.

─Revoltosa, me aseguraré de que nadie le dé trabajo en el país. Eso se lo juro ─escuché decir a Mendoza─. No te cierro el restaurante por los años que nos conocemos y la amistad. Esta mujer no ha de ver la luz del día si se queda en México. Esto último fue fulminante. El frío que sigue siempre que el cuerpo devuelve se volvió el frío del temor. Y la confusión. Este hombre era Mendoza. Aquel hombre, el energúmeno, el desconsiderado de los otros días, era precisamente lo que pensé aquel momento: un imbécil macharrán nacional sin identidad ni valor alguno. ¡Virgen santísima! ¡Cristo amado! ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Por qué esta prueba en mi camino? ¿Por qué este error tan mío? ¿Por qué este accidente inconcebible? Mi jefe me tomó con algo de fuerza del brazo y me llevó fuera de su despacho. Ya afuera suavizó su tono, pero imperaba lo inevitable.

─Conchita, lo siento tanto. No sé qué te ha pasado ni por qué se te ha ocurrido semejante escándalo. Te prometo interceder, pero esto se ve mal. No hay garantías. Le dijiste criminal. Lo va a ver como lo que es: un ataque político. No tengo idea si lo dijiste por error o no. No quiero saberlo. Seré generoso con tu liquidación, pero después de eso veo difícil colocarte en alguna parte.

─Yo misma no lo entiendo, jefe.

─¿Pero no te dijo Gerardo que la cosa se resolvía?

─Gerardo solamente me dijo que viniera acá, y yo ya estaba tan nerviosa. Lo siento tanto.

─¡Pero lo llamaste criminal!

─Jefe eso fue confundida y sin control de mí. Y es que vi muchos reportajes televisivos de las golpizas en las calles y no paraba de pensar en eso y recordar lo que me había pasado. Yo estoy confundida.

─Conchita, estás chingada, no confundida, chingada. Me parece que te tienes que ir lejos. Me besó en la frente y se despidió. Dijo que se comunicaría conmigo para lo de la liquidación. Al salir algunos de mis colegas estaban pendientes de mí aunque disimulaban. También temían. Vi a Gerardo. Su mirada me asombró. Nada me indicaba solidaridad o preocupación. Tampoco sonrió con descaro. Me observó con el desinterés simulado de quien lleva por sus venas la miel de la hipocresía. Como prometido, mi jefe fue muy considerado conmigo. Me ayudó lo suficiente para mantener mi sustento por mi cuenta mientras me estabilizaba. Traté en Puebla y no conseguí nada. Fui a Morelia y me dieron labores en una posada. Solamente trabajé un mes. Una mañana vi un camión de la Federal estacionado cerca del local. Supuse lo que sería. No entré. Por la noche un colega fue a verme a la habitación que alquilaba y me contó lo que ya imaginaba. Peregriné. Hoy soy mesera en San Salvador. Mis colegas a veces me alientan, otras veces se burlan. Conchita Gutiérrez, servidora. Mi historia no es única, lo sé, pero es mi historia. No quiero recordar mi historia. Ya la vivo lo suficiente.

Biografía de José E. santos

José E. Santos

En De Coyoacán a Polanco, el puertorriqueño José E. Santos (1963) articula un conciso homenaje a la Ciudad de México.  La sinceridad y el candor humano, y la representación del mundo sobrenatural sirven como punto de partida de una exploración metafórica en la que se amalgaman la reflexión histórica, la búsqueda interior y el protagonismo del lenguaje mismo.  Santos se ha destacado como narrador (Archivo de oscuridades, Deleites y miserias, Los Viajes de Blanco White, Los comentarios, Trinitarias y otros relatos) y como poeta (Pequeño cuaderno gris, Crónica de la degustación, Después de la espera, Libro de Venecia, Muestra gélida de poesía inconsecuente, Diálogos en el museo y otros poemas, Libro de Daniela).