Fragmento de una carta a un lector

Por José de la Rosa

           De un tiempo para acá me ocurre un fenómeno muy extraño: que cada pensamiento que tengo o cada palabra que imagino se convierte en realidad. Por ejemplo, me he puesto a escribir esta historia y de inmediato aparece el texto delante de mí. A veces creo que puede ser producto de la imaginación. Pero no es así. Ayer recordaba aquella frase que dice: “El que esté libre de pecado que lance la primera piedra.” Estaba recostado en mi cuarto, y de repente vi esa piedra que venía entrando por la ventana. Tuve que tirarme de la cama para esquivarla. Odio pensar en fenómenos como lluvia, trueno o fuego… En estos días sentía unas ganas infinitas de comerme un níspero. En seguida apareció el níspero sobre la mesa. Es como si en mi interior existiera un mundo tan real y tan vivo como el que habito.

           Mi vida ahora está llena de tropiezos y sin sabores. Evoco la palabra precipicio y, como si pisara en tierra movediza, poco a poco me voy hundiendo. Pero uno siempre encuentra la solución a sus problemas. Eso me hace recordar aquel refrán que reza, “Dios aprieta, pero no ahorca” (de pronto siento el nudo del lazo en la garganta, y pienso instantáneamente en la palabra cuchillo para cortar el lazo). He aquí la solución a mi problema: pensar en un vocablo que neutralice el anterior. Si, por ejemplo, digo Borges, se me aparece su fantasma; entonces, lo conjuro con el nombre de Martí.

           Debo confesar que solo mi mujer y algunos de mis amigos se han dado cuenta de este asunto. Ella se las arregla para hacerme pronunciar cosas que quiere. En estos días me hizo una pregunta, y la respuesta era la palabra diamante. Tac. Y me cayó uno de la cabeza. Hay un amigo que viene a casa y me sugiera la solución a un problema matemático para que cuando le dé la respuesta la cantidad se convierta en realidad. Si el resultado de la solución es cien, aparece el billete balanceándose en el aire. Hay otro amigo que le gusta viajar, de vez en cuando me trae un mapa, y me pregunta a quemarropa: “Cuál es la capital de Uganda?” Es intolerable lo que me ocurre. Por eso les he ocultado el secreto a mis hermanos porque sé que querrán ganarse la loto o cosa por el estilo.

           De un tiempo para acá siento que vivo en otra latitud. El lector pensará que me refiero a una latitud mental. Se equivoca. (Cuando menciono la palabra lector aparece usted ahí en carne y hueso). Lo peor de toda esta situación es la credibilidad. Nadie me cree cuando le digo estás cosas. Por eso prefiero vivir con mi problema estoicamente. He tratado de contárselo a ciertas personas, pero no entienden. Terminan acusándome de loco. El otro día en una tertulia quise explicárselo a unos amigos. Alguien me dijo: “Ah, esa es la teoría que considera el poeta como un pequeño Dios.” Lo miré de arriba abajo; no me faltaron ganas de abofetearlo, pero, finalmente, logré mantener la compostura: “Tú crees que es un juego?” ¿A quién se le ocurre ser un Dios pequeño en un mundo donde hay tantos problemas? Salí sin despedirme. En otra reunión (esta vez la mayoría eran mujeres) intenté explicarles por igual. Entonces, alguien tiró una carcajada. Esa fue la respuesta. Después de una pausa, siguieron conversando de otro tema.

           Hace poco fui a confesarme. Todo iba bien hasta que llegó el momento de explicarle al cura lo que me pasaba: “Es que todo lo que pienso se convierte en realidad. ¿No sé qué hacer, padre?” Pensé que él podía ser más comprensivo. Pero terminó echándome de la iglesia. Me amenazó con que si no salía cuanto antes llamaría a la policía. Me acusó de otras cosas. Parece que me conocía. Recuerdo que al salir me gritó: “Un hombre que se ha puesto a hablar barbaridades de las monjas.” No sé a qué se refería.

           Mirando las cosas desde otra perspectiva, el problema de la credibilidad es lo de menos. Lo que me sucede es muy doloroso. Anoche me vinieron unos deseos de jugar una partida de ajedrez con alguien. Entonces, fui presa de un dolor que empezó en la cabeza y que terminó invadiéndome todo el cuerpo. Luego me estremeció un escalofrío. Por fin, pude estornudar y las piezas de ajedrez me salieron por la nariz una a una.

           La semana pasada estaba en el tren muy distraído, pensando en la primavera. Sentí que de repente me crecía algo en el ojo. En ese preciso instante una muchacha vio brotar la flor y, como se habían abierto las compuertas del tren, aprovechó para arrancarme la flor. “Ay!” Lancé un grito que se escuchó en toda la estación. Ya se podrá imaginar el dolor que sentí. Al llegar la policía tuve que cambiar la historia. Les dije que una chica, sin querer, me había golpeado con la cartera en el ojo.

           Ya sé que usted no me creerá en lo absoluto lo que le cuento. Mientras tanto tengo que vivir con este problema que no tiene solución. Hay algo que, sin embargo, debe quedar muy claro: no soy un prestidigitador. No loco tampoco. En definitiva, créalo o no, soy un hombre común y corriente.


Biografía de José de la Rosa

José de la Rosa
José de la Rosa

José Miguel de la Rosa (Santo Domingo, República Dominicana) estudió literatura hispanoamericana en City College (CUNY). Fue miembro del grupo literario Pensum. Es cofundador de Hispano/Latino Cultural Center of New York (HLCCNY), una organización cultural sin fines de lucro que funciona en Queens, patrocinando lecturas y eventos culturales, incluida una Feria del Libro. Ha publicado los siguientes poemarios: Entre sonrisas y sueños (1995), Otra latitud (2009), Días infinitos (2015). Desus obras de teatro se han publicado: La loca de la Estación Central (2010); El hombre que esperaba en el camino aparece en la antología del Grupo Teátrica: Palabras acentuadas: Antología de Cuatro Dramaturgos Latinos en la Ciudad de Nueva York (2014).