Iniciación final

“La más cálida y excéntrica aventura poética de José Alejandro Peña empezó en 1984 con Iniciación final, para mí, su mejor libro de poesía, el cual se caracteriza por una interrelación de mitos y transfiguraciones verbales alucinantes.”

Minerva Mora

Detalles del producto

ISBN-13: 9781945846113

Casa editora: Almava Editores

Tercera edición aumentada y corregida

.Cantidad de páginas: 140 págs.

Tamaño del libro: 5.00(w) x 7.99(h) x 0.33(d)

León Félix Batista

Sobre Iniciación final

Debemos quizás al desarrollo “impuro” de la poesía actual (impureza como la de una niña gigante y proba en el amor, entre comillas mordaces) este texto que nace hoy. Permítaseme salvar toda metáfora que impida declarar en mi discurso la verdadera ligazón de estos pliegos con la realidad trascendental a que nos conlleva, que convoca: los filósofos de Fráncfort aseguran que la relación dialéctica Hombre-Naturaleza ha desaparecido, que el hombre se ha enajenado, que el trabajo humano se ha cosificado. Ellos salvan al artista, o el artista se salva, es igual. Imagínese al artista amarrado a una claraboya luminosa, léase obra—libre. Figúrese un plural de fruta, un adjetivo de hierba, unos sujetos borrachos y habrá creado estos poemas de nuevo con un abrakadabra sencillo, o una gestación deliberada. Imagínese unos ojos insomnes llorando sobre unos pechos, una hoja en blanco, o tras las ancas de un caballo: eso es de golpe INICIACIÓN FINAL: ‟una pirámide en llamas, una luz negra que da luz”. El apéndice de un sueño se nos explica de distintas formas, la ilusión del amor, el dolor de lo no cierto, la metafísica de un desueño y la pesadilla están presentes. Escrito para descubrir a alguien, alguien se puede descubrir en él. Hay demonios y mujeres, está eros y está dios, nadan allí la historia y la virginidad. Todo el discurso es juego inútil e infinito de la música, el ajedrez, la muerte y la palabra; esto es, del hombre mismo en su esencia y cualquier plano.

José Alejandro Peña

POEMAS

De Iniciación final

Si no me crees pregúntaselo a Ícaro

La tersa opacidad de lo que toco

se transforma en oca.

La oca se transforma en roca

y el murciélago se ablanda

con palabras sabihondas

que son iguales a las otras palabras

pero con un poco de bizcocho.


Tanto duele la vida a los que van

muy despaciosamente

mansos y risueños

como a esos que se rompen los pies

por dar un paso más al frente.


La roca se transforma en oca

y la oca que es un eco

choca

sin querer

con un pingüino

pero nunca pasa nada

en el país donde vivimos

si no me crees

pregúntaselo a Ícaro.

Logomaquia

Las chicharras

y las frases a medio decir

son asuntos relativos

coincidencias de las manchas

que aparecen en la piel

después de haber estado expuesto al sol por veinte meses

o quizás

hay que temer a los mandriles

aunque sean arciprestes

o por eso

porque el papel higiénico y la sal

son sustitutos del carbón

y de la nieve.


Certeza

Es cierto

los espejos y la noche se confunden

y los huesos se nos llenan de algazul

sentimos que se enfría el corazón

cuando las moscas entretejen verrugas

en la frente del amigo petimetre

que coloca sus narices contra el pedernal

y se amorata.

Es cierto

que la mente nos engaña

y que somos supersticiosos

vanidosos

y oscurísimos

se nos va poniendo negra la lengua

con los años.

Es cierto

no lo niego

no lo vayas a negar ante esta piedra fofa

macilenta y torturada

todo acto poético

es solemne

hasta la mierda.

Es cierto

los armiños

y las hienas

son de papa.


Nacimiento de Lemba

I


Era la muerte la iracunda pena de la diosa Hera

y era tu alegría la víbora vibrátil

entre la yerba seca que amamanta el río.


Una voz de ceniza se cruzó con la tuya

ante la vieja torre de los franciscanos

que ahora es un montón de polvo

y roca desgranada.


II


Y tú naciste allí

entre grillos y gusanos

envuelto en una sábana en la selva.

Sorda mueca clavada en la negrura

de lo nunca ido.

¿Quien te liberó

Lemba

de ti mismo?


III


Pobre niño africano

que vendieron

los anfibios

a cambio de omnívoras

ojeras musicales.


IV


Era mi voz

lo sé

herida por el rayo

rodando solitaria

y sin sonido.

Tú naciste

como yo

al final del otoño

con los ojos atentos

y el corazón

agitado.

Tú naciste

con las manos

abiertas

y te fuiste

con los puños

en alto.

Lemba Calembo a las seis de la tarde

A las seis de la tarde se escucha

el tintineo de lo macabro.

Un barco

una gallina

y debajo de las suelas gastadas

un hormigueo de ratas arrastrando mis pies

por todas partes.


A las seis de la tarde

a las seis de la tarde

la muerte va buscando la palabra

que falta en el poema

pero el mundo se la niega se la niega

y el poema sigue una luz

inconclusa y extraña.

A las seis de la tarde

entre las piedras blancas

y los grillos negros

se tumba por un instante a contemplar el cielo

Lemba Calembo

todo en mármol.


Max Horkheimer conversa con su gato



Mientras la noche enfunda y desenfunda

pequeños girasoles de papel

Max Horkheimer conversa con su gato

sobre asuntos imposibles de la lógica.


Se sirve un vasito de whisky

para contrarrestar la oxidación

de la saliva.


Ya no puede hablar a las muchachas con dulzura

porque la lengua se le enreda cuando piensa

en la nieve acumulada entre las patas de araña

del columpio.


A las once de la noche derriban las persianas

sacuden las pelusas del sofá

comienza a reproducirse

por doquier un malestar

como de ajenjo.

Para desentenderse un poco

y calmar a la vez los nervios de su gato

escucha alguna vieja ópera de Wagner en la radio.


Los ruidos de la calle y la barbarie

son parte de este viejo procedimiento involuntario

que es símbolo de ardor

y pesadilla.



El desconfiado Herbert Marcuse



Desconfía de las orejas puntiagudas

de tu madre

dada por muerta en la calle

que va del puente rojo

al mercado de las pulgas

en Berlín

de las gallinas que trafican con bolsas de trigo

y gusanillos envueltos en un trozo de tela de pintor

cada quien propone a modo hitleriano

asuntos muy serios

de aritmética —dijo al caer por la escalera

sin mancharse el abrigo con tinta de aserrín

y sin turbarse.


Todavía se desvela

fumando su tabaco en el balcón

mostrando sus calcetines nuevos

y riendo con su risita de pequeñoburgués

ante el redivivo caballo

de Atila.




Theodor W. Adorno juega al póker con Tchaikovsky



En Frankfort las manzanas

no son rojas ni azules ni redondas

no son altos los cogotes de la bruma

ni saben los espejos a cartón

como los santos del litoral

pero aun así la gente sigue respirando

como puede

excepto

los judíos.

Theodor W. Adorno

que es judío

juega al póker

con Tchaikovsky

dice las palabras mágicas

y se queda pensando en las manos

del mandril

que es un robot

en miniatura.

El robot

armado con espátulas de crisoprasa

y sebo de crisálida

dibuja la barbilla de Napoleón en un cuaderno rústico

y se mira las manos un instante y dice “estoy temblando

quizá

porque es muy triste

Tchaikovsky

todo el tiempo”.



Friedrich Pollock sentado como un buda



En Friburgo de Brisgovia donde aprendió

a mirar de frente a los cocheros

y a servirse en copa de madera

el vino añejo

Friedrich Pollock perdió de pronto la memoria

y ahora está sentado como un buda

en un bidé bicóncavo

mirándose las uñas de los pies

o sosteniendo

un candelabro

sobre el cual las mariposas van dejando

sus mensajes telepáticos

sus élitros

sus llaves para abrir los manicomios

del modo en que se abre una lata de frijoles

o el periódico los martes

a las nueve.

La muerte de Sócrates

Murió Sócrates pequeño

con la coraza cubierta

de una cáscara lumínica

de uva

y frenesí.

Era un niño de apenas nueve años

feo como un guiñol francés

o como un cíclope de Tracia

y ya había peleado en la batalla

de Potidea.

Hizo intento de suicidarse con cicuta

fingiéndose muerto por dos siglos

hasta que fue desterrado por Caricles.


Dicen que lo hirieron de muerte

en los montes nevados de Delión

y que fue traicionado por sus propios amigos

al encallar su barca en el rocoso mar de Eubea.


Los piratas cretenses se ponen

todavía

en invierno

una máscara de Sócrates

para asustar a los niños

con papera.

Los hombres del plioceno

La muerte muerde las pupilas de los niños

en las playas oscuras

y en los sótanos espeluznantes

donde los pasos frios de la salamandra

iluminan sus rostros ya sin brillo.


La muerte suma trenes a la inercia

de los hombres del plioceno

que luchan cuerpo a cuerpo

con sus miedos y manías

haciendo estremecer

simiescamente

a Fidón

y a Calígula.

Hitler

Amanece

y todo está revuelto en mi cabeza.

Los lápices veloces

las voces en la tele

el pararrayo

la sonrojada metafísica kantiana

el amuleto armado con resina y simple

tónica barbárica

y la piedra del ojo siempre abierto

la total sinrazón

la cobardía.

Hitler

el soldado

el olor a cerveza

de su traje.

Hitler

los tristes utensilios para medir la extensión

y la intención de un hidroplano.

Hitler

las moscas inyectadas en el tórax del ciclista

sus bigotes de color de parapeto

su crema de afeitar

su mantecado

y Hitler

su cabeza verdusca

llevada en una funda de papel empíreo

su paranoia

su fuga

y su evidente necesaria coincidencia

con la leche cortada

y los armiños de su barba melosa de tres meses inundando su baba

blindándola con ajo

como a un cerdo.



In memoriam a Lemba

I


Porque se vierte sobre una llama fósil

el bosque transparente de tus venas

creciendo por los muros como un hueco profundo

refulgiendo y llenando con cebolla

las caries de tu risa trotamundos

los propietarios de los anticuarios

redoblan las cadenas

los grillos

y los pernos

porque los hombres a los hombres condecoran

con medallas de oro para hacerlos iguales

a la tierra revuelta


y los ríos se apagan

adentro de un cigarro

como se apaga un traje

al ceñirlo la aurora.



II


Sublevado con otros que ya libres

se apartan del camino y traicionan

a cambio de guijarros

a sus madres ya muertas

tú sin traicionar las nucas de los yunques bruñidos

te mascas la lengua

y tu sangre tan blanca se pega a las rocas

como lasca lasciva y fusiforme.


III


Porque pesa la plúmula de plata

lo mismo que dos poliploides

inmarcesibles

escapas

por los bordes

del espejo.

Escapas de la cúspide mortuoria

de la capa rasgada por la espuma

y escapan de las ninfas ortopédicas

los pólipos de risa de la piedra

porque las ninfas y los rododendros

caminan por las calles sin pisar

los cráneos salomónicos y orondos

porque se queda rígida la lengua

pegada al paladar

petrificada

con rubicundas almohadillas

de pánico

y de flauta.


IV


Vas muy lentamente cayendo

con las hojas sin tímpano del grito

cuando llegan los trenes empapados

de antílopes carnívoros sin ojos.

Porque sofoca gira y se desgrana

la luz avanza siempre en sentido contrario

la luz que ya no es nada ante esta sombra

que se alarga en el camino sola

y oscilante

rota

pero erguida.

Pentagrama

Una música acaba de sepultar

en su abismo de algas

un latido caníbal

porcelana del viento.


Una música densa de corsario loco


Domenico Scarlatti

Paganini

Beethoven


conspiran contra mí

me exilian del retrato donde estoy

cercenan mis horas licantrópicas

carcomen mis orejas

mis zapatos

mis discos de John Lennon recorren los rincones

con cánticos calcáreos

de cerumen.


Aimé Cesaire

Dejó en el aire tibio de su fuga

un tenue arrobamiento

de laúd matinal

y se hizo un collar de brasas y de orejas

nocturnas

símbolo del viaje inusitado

hacia una infancia de luces

que devora

el regreso.


Y en las tardes oscuras

arrancaba palabras

del fondo de su pecho

rojizo como un súcubo

y las dejaba morir

sobre la blanca arena

estremecida.


Dijo casi a mi oído

sin que la sangre llevara

al espejismo de la noche:

deja que tus palabras terminen sofocadas

lleva una vida errante

de náufrago indeciso

y verás que no mienten

los tránsfugas

ni el polvo.


Y yo

todo una válvula cargada

de señales

miré la claraboya

oscurecida.


¡Cuánto envejece un hombre

en un cerrar los ojos!


En la voz-escolopendra de los niños exangües

el hosco sol ondula

se disgrega la muerte como un laúd

de tenuidad fingida.


Una voz

Máscara de sueño el aire orondo

máscara de bruma repartida

en soles omniscientes


¿qué es una voz

sino una piedra

huera?

¿que es una voz

sino total altura

y embeleso?

¿qué es

locura

esto

que no se alcanza nunca

con palabras y gestos

de sonámbulo

sino desgarradura

y alternancia

y palimpsesto?

Las estatuas de los poetas raros

A Enrique Guzmán, en homenaje de amistad.

Nos hemos pasado todo el día

en este parque frío

a solas

sin hablar

y sin movernos.

Y es que

a nosotros

las estatuas

nos da por caminar.

Y a veces

nos reímos tanto

que se nos revuelven

los cabellos

con el viento.

Motivos para arder

Beber vino

y fornicar detrás de un árbol

y pensar que el árbol es culpable

anula rabia y cielo.


Lo demás si yo lo nombro

es pura perversión

y golpe bajo.


Ocuparse en agrandar la voz en vano

y quitarse el uniforme

y sacudirse la humildad

con arrogancia

a cualquier precio

dan motivos a la ortiga

y al gusano

para arder.

Materia fugitiva

La voz que rompe el aire

y lo rehace

la luz que rompe el tiempo en cada ida

la luz que sólo sabe retornar

a su espacio vacío

a su ración letal

a su contorno ajado

la voz que nadie oye

la luz que nadie afirma

soy.


Los filósofos de Fráncfort pasean por el Rin

1


Cuando llega la tarde con su tos

y su calambre

rellenando la córnea del zapato

de un líquido sulfúrico

de piel de tamarindo

se juntan a medir hiedra con piedra

escarcha con epidermis de ratón

y paranoia.


De sus pensamientos concéntricos

extraen

paraguas entreabiertos

y sombreros de lata de sardina

y peces de colores

abollados por la lluvia.



2



Brillan

como cartílagos o cera

para el cutis

los ojos trasnochados

de la momia flébil.

Nadie sabe nada de la música indirecta

que cambia los granos del maíz por dientes

de caballo.


Beben vino bajo un nogal de vidrio

mastican almendras y estudian con fervor

el trayecto de los patos sobre el agua.


En tanto los poetas ríen

solitariamente

entre la muchedumbre

por causa propia

y a todo pulmón

como debe ser.



3



Atan una cuerda magnética

a la pupila de la iguana

y otra cuerda todavía más gruesa

al rojo cuello del cisne

para cabalgarlo.


Atan una piedra al badajo de la boca

con un hilo de algodón improbable

para emitir exóticos sonidos embrujados


parecidos a un bollo de carne de pontífice

relleno con hierbas y saya de oca.


Suben por una escalera de perfume.


Suben desde la boquilla del pozo

a lo más hondo.



4


Saltan desde los puentes dinamitados

con la mirada ortodoxa del acróbata.


Enfermos de las glándulas sexuales

dibujan bajo la arena antenitas de caracol.


Se rasuran las mejillas con ungüentos mentolados

y salpican de leche contaminada

a las muchachas bicéfalas de El Cairo.


5


Entre las gruesas urnas termales

posesa del terror humano

está Medusa

pálida y bella como un diente

de plata.


Medusa yace detrás del bote de paja

de los pescadores enfermos de malaria

cerca de la isla de los manatíes

petrificada por el sol.


Arrancaron sus dientes con pinzas de plata.


Envolvieron cada diente en un pañuelo blanco

y metieron el pañuelo en una jarra

con relieves de plata.


Su cuerpo estaba frío y temblaba

por eso la llevaron en hombros

al escondrijo marcado por Heródoto.



6


Dedicaron un pasaje ya olvidado

al cadáver de Agamenón

a quien luego vengaron

con trucos de pájaro carpintero.


Juraron jamás

regresar a Fráncfort

no por Hitler

que duerme cabeza abajo

adentro de un tinaco

con serpientes.



7


Hablaron contra las piedras de los muros en Creta.

Hablaron contra las botas que prensan sus cabezas.

Hablaron de la tarde que se apaga en un grito.

Hablaron del sol que se extravía

entre las tablas del barco.

Hablaron hasta el amanecer

de las pupilas de los gatos angora

que mueren cuando sueñan

con muchachas cuadrúmanas.

Hablaron en la semi penumbra

de las calles de Fráncfort

debajo de las carpas de un almacén judío.

Hablaron de la luz porque no hay nada

más perfecto que la luz

cuando acaba.

Cemí

Ópalo de cristal en llamarada

el inicio de todo final

es una fiesta.

Áspero cemí de lluvia

o fuego

¿qué perdura en el hombre

que ignora su vida?


A veces son los ecos de lejanos pasos

o rumores inversos de una cítara

o solamente un ancla

una tortuga

semilla de un cemí llamado Aquiles

a veces imagino que soy yo

contra mí mismo

sirviendo de eslabón al ser

que se empecina en su grandeza

utópica y genial

si fuera cierto el cielo

y si cantara.

Soliloquio con Girondo

Se rompe el ojo tierno como un lago.

Se mastica la soledad y el frío cabeceo de este día.

Llueve en la muerte

o así lo imaginamos

verticales lagunas.

El tic tac de la libélula y su fúnebre

calcado escalofrío están en mí

tienen mi forma.

Soy dimensional como el rocío

y oscuro de intención como una grieta.

El polvo (chasquido del reloj)

hace del ojo-vendaval una vertiente

de su continuidad.

¿Qué pesa más en mí

mi malestar o mi conciencia de llevarlo?

¿A qué otro cómplice que ame mis defectos?

Yo soy como la vasta selva unánime:

ondulada quimera del nenúfar.

Ah desdecir a tientas por las calles

este poco de mí que oscila en todo.

…y pensar que la muerte

es en verdad

un caso tonto

que juega a desquiciar

que anula tanto.

“La de José Alejandro Peña es una poesía concebida desde la desmitificación y mitificación del lenguaje: su mundo paradójico es coherente con los sucesivos planos y metamorfosis de la imagen (¿contra-imagen?). Iniciación final nace como imagen y como reflejo de imágenes dotadas de reacción y fluidez.”

Vedi
Carlo Silvio Vedi

“La poesía de Peña nos habla de un mundo en crisis, tal vez por eso su lenguaje tiende a mostrar perplejidad y asombro, sin ingenuidades ni sentimentalismos. Desde Iniciación final, publicado en 1984, su poesía se nos define como un volcán activo.”

Susana Portillo

“José Alejandro Peña es un poeta medular que va de un extremo al otro transportando su centro magnético: Iniciación final, origina su centro magnético, concebido con transparente y extraordinaria veta surrealista.”

Eduardo Lantigua
Jose Alejandro Pena

Biografía

José Alejandro Peña (Santo Domingo, República Dominicana, 1964) Emigró a los Estados Unidos en 1995, donde funda y dirige la revista y casa editorial El Salvaje Refinado (elsavajerefinado.net). También funda la Sociedad Internacional de Escritores y Obsidiana Press, entre muchos otros proyectos.

Graduado en Estudios Internacionales y Ciencias Políticas en West Virginia State University José Alejandro Peña obtuvo el Premio Nacional de Poesía de 1986 con su libro El soñado desquite.


Libros publicados:


Iniciación Final (1984), El soñado desquite (1986), Pasar de sombra (1989), Estoy frente a ti, niña terrible (1994), Blasfemias de la flauta (1999), Mañana, el paraíso (2001), El fantasma de Broadway Street y otros poemas (2002), Suicidio en el país de las magnolias (2008).

Disponible en todas las librerías, incluyendo Amazon, Barnes & Noble, Books-A-Million, entre otras.

Detalles del producto

ISBN-13: 9781945846113

Casa editora: Almava Editores

Tercera edición aumentada y corregida.

Cantidad de páginas: 140 págs,

Tamaño del libro: 5.00(w) x 7.99(h) x 0.33(d)