Anotaciones sobre Ser del silencio, de Claribel Díaz

Por José Alejandro Peña

En su propuesta poética inicial que, curiosamente titula Ser del silencio, Claribel Diaz no se propuso definir los acontecimientos del juego originario con la forma. Me refiero a sus planteamientos cotidianos que colindan con el desenlace de cierta realidad particular, imaginada, soñada o aprehendida por el pensamiento y su sensibilidad. No los define como se define la caída de una hoja o el choque de la brisa con la puerta, sino que reacciona ante el impacto que producen en su ser aquellas aventuras vividas desde la alteridad del yo. Este modo de definir tales elementos por el impacto o impresión que causan es, en sí mismo, una crítica o imagen que la imagen retiene, pierde o recupera en el ir y venir de los cuerpos eidéticos, expandiendo la tangibilidad como acto puro del deseo. La imagen de saberse “extraños” en “un recuerdo inescrutable”, es decir recóndito, disimulado u oculto, tiene su “hálito de espera”, que aquí significa “posible retorno” y no exactamente definitiva pérdida.  Nos dice:

Somos cómplices extraños

de un recuerdo inescrutable,

la nostalgia nos envuelve

con su hálito de espera.

(Niebla de luz, Pág. 13).

Como vemos, el “nosotros” del poema teje la trama y la completa con un término tal vez pasivo, de la “espera”. La pasividad es un ente del ser inexpuesto a la experiencia de la presencialidad en modo contrario al silencio, que nunca es neutro, ya que implica un decir inaudible, fértil e insospechable. Es como una respuesta a ninguna pregunta o una pregunta que nadie ha respondido. La estrofa no nos presenta dificultades, pero nos advierte de un episodio vecino que habrá de tomar por sorpresa a su lector.

Este poema, como otros del libro, se ampara en un sistema de paradojas y mitos de la persona poética. Establece una elaboración que se quiere enigmática, neblinosa, calada por un dejo de claridad convulsa e incompleta. La marca de la inconclusión no es una falta, es un indicio de la previsión del decir.

Ay! esta noche eterna,

este pálido rito de miedo

que nos mira,

soledad que asedia,

brecha por donde asoma el olvido.

(Niebla de luz, Pág. 13).

Si comparamos la primera estrofa del poema con esta otra, notaremos de inmediato que hay brechas conductoras hacia nuevas contracciones o paradojas.  Lo primero es la noche, que la poeta Claribel Díaz anuncia como un hecho eterno. Entonces viene el miedo, pero un miedo con ojos, con el acto de mirar desde la soledad, una “soledad que asedia” y que se transforma en amenaza de “olvido”, puesto que “asoma”, es decir, deja entrever su presencia. Aquí, en este hecho solitario, el poeta descarga su entidad contemplativa.  Mas el término de lo terrible se da con la ternura de una leve discreción perceptiva, inscripción aparte que se inserta en el tiempo como un golpe:

Ya no hay fábulas para contar a los niños,

ni rumores, ni leyendas, ni legados,

el día nos deja sin tiempo y sin historia.

(Niebla de luz, Pág. 13).

Aquí, en estos pasajes, el poeta inventa, a imagen y semejanza de la fija vivacidad, aquello que no podría nombrarse con las palabras, a menos de que éstas estuvieran conmocionadas o afectadas por la intuición de la imagen. Sus imágenes son imágenes de imágenes de un ser que exige del silencio la extirpación de lo uniforme, de lo idéntico o de lo igual. Claribel Díaz es una poeta de temple agudo. Apuesta por un ritmo bien marcado, que no necesita de imposiciones ni de superposiciones ajenas a la propia compostura lírica. Independientemente de lo que el poema dice, el ritmo constituye un decir sostenido.

Niebla de luz,

ser exaltado en el delirio o la razón,

magia velada y trastocada

que no cesa.

Mi ser se pierde en ese hechizo

inexplicable

para inventarte con otro rostro,

otra imagen y otro acento.

(Niebla de luz. Pág. 15).

En esta aportación poética, Claribel Díaz se interna en su idea de realidad sin desperdiciar un solo hálito de intencionalidad instintiva, se aferra a la inocencia por la experiencia como a la experiencia por la inocencia. De hecho, si tomamos en cuanto cada poema del libro, Ser del silencio apunta lejos, va de riesgo en riesgo, irrumpiendo con determinación ante lo que el mundo prefigura simbólicamente como inseparable en tanto tentativa de lo inmediato. Y por eso se niega a ser idéntico y suave, a rebosar y saciar. En tal sentido, la suya es una poética de insubordinación, de búsqueda forzosa o precisa, madurada por la intransigencia de la experiencia fragmentaria.

Soy el aullido de lo oscuro
atravesado por la luz,
quejido de las olas,
golpe del viento,
pasado donde mirarme
como a otra, diferente.
(Exilio del ser en el poema. Pág. 19)

Lo que llega a la complejidad de su plenitud rara vez llega a la plenitud de su complejidad. Y a este punto nos arrastran los poemas de Claribel Diaz en Ser del silencio, a penetrar en la plenitud de lo complejo, de lo paradójico y de lo irreversible, mediante el choque con lo fugaz y lo translúcido. No reclaman la transparencia de la palabra, ni su precisión, ni su simpleza, ni su lógica; reclaman otra veracidad que está fuera de todo alcance, en un limbo personificado por el juego de los cuerpos que quieren tocarse, rebosarse y reír. Sobre todo, reír, vivir, exigir a la vida el suspiro de la negación.

Me acecha la muerte en tu mirada,
ahora en el instante del absurdo,
ahora que mi boca
dibuja tu silueta y te desnuda
es bruma mi ser.
Trémula en tu vértice hueco,
soy imagen despoblada,
piel habitada por un cuerpo
que se escurre,
verdad que se escinde
en la ausencia
y en la levedad de un rostro
que tiembla.
Vuelo y no alcanzo el espacio
de tu risa,
ni la plenitud que mi cuerpo atrapa;
quédate en lo vivido
a explorar mis días,
si la suerte olvida nuestro eco,
átate a mi espalda
y bordéame despacio,
aspírame,
como quien absorbe el recuerdo
en una huella.
(Deshabitándome. Pág. 9)

La heroicidad erótica de los módulos y entes verbales van siendo postergados por el deseo del instante que viene, que vendrá y se perderá en otro instante posible. La palabra “espera” es, para quien lee, un accidente; pero, para quien vislumbra, una función vital. En el mismo poema, nos dice:

Nadie nos aguarda ahí afuera,

nadie, ni los sueños, ni el poema,

quizá sombras, solo sombras

y la desvelada prisa de la espera.

(Deshabitándome. Pág. 11)

Una expresión que no pierde presencia en la simbología poética de Claribel Diaz es “la prisa” que, además, está arraigada y subrayada como respuesta a algo muy íntimo del hombre postmoderno y se registra en sus poemas posteriores. La prisa, aquí, no es simple decoración, ni capricho, ni azar: es, por lo contrario, un agujero profundo en la escindida vida de los seres sin habla, sin pensamiento propio, sin lugar en el tiempo. Estos seres, ficticios o reales, son piezas de un rompecabezas, destinados a la obediencia y al escarnio, a la desfachatez y al delirio, presa de un “me gusta”, como pericia de su lasitud y superficialidad. Viven sometidos al yugo del deber.

II

En unos pocos fragmentos expresivos, Claribel Díaz, en su solemne y admirable libro Ser del silencio, plasma su visión más aguda y firme de las entidades psicológicas que su palabra ha secretado y dejado entrever, sutilmente.

Quisiera no tener miedo

al instante de lo nunca dicho…

(Apología del pasado. Pág 37)

El poema es algo más que las convenciones que los estudiosos han querido mantener como normas inamovibles alrededor de todo cuanto exige y se guarda de la sacra mecánica discursiva. Lo prueban estos poemas semejantes a secretas pinceladas que van aportando finas capas de color diverso. Y cada capa va cubriendo una imagen, que no queda del todo oculta, a la vez que nuevas imágenes se van sucediendo.

Quisiera que tus pasos

no fueran silencio sino inquietud

y que la ubicuidad del espejo

nos repita tal como somos

y sin dolor.

(Apología del pasado. Pág 37)

Vayamos al comienzo del poema, donde converge una paradoja de las esencias más aclimatadas en las imágenes claramente erguidas. Es en esas imágenes donde se advierte (especialmente en la segunda estrofa) una evidente crítica a la hoy tan codiciada postmodernidad.

A veces presiento que soy

de espuma,

que el viento crepita sobre

mi cuerpo,

lo envuelve en alas y me levanta

hacía un tiempo de otro ser,

tiempo de otro espacio,

de otros nombres y otros días.

El pasado es certeza

y el presente,

eterno como rocas

o como volcanes sin estruendo,

sin aura y sin luz.

(Apología del pasado. Pág 35)

El presente que describe Claribel Díaz en su poema “como rocas o como volcanes…” es exactamente un atributo del mal de nuestro siglo, que prefiere el brillo y lo liso, lo superficial, lo suave, lo liviano, lo despreocupado e indiferente, lo que sustituye el dolor por un placer que toma por felicidad. Es cierto que ella ve en todo eso la falta de estruendo, el silencio, la falta de “aura” y de “luz”. Pero si distinguimos que “brillo” no significa “luz”, especialmente esa luz del espíritu o de la mente que está simbolizada en la expresión.  Aparte de esto, el “yo” se refugia en la alteridad del tiempo como totalidad; y de los días como pasajes individuales. Espacio y memoria son otros espacios de una realidad que se disuelve y vuelve. Todo aquí, en esta poesía y en este libro, es conmoción, ebullición, contraste y rebeldía.

III

Hay algo en este lugar

que me lleva a lo que fui

y no es al pasado,

sino a un lugar recóndito

que recuerda al viento,

a las hojas,

a casas rodeadas

de un pedazo de mar,

a la lluvia, a la mano

que se posa sobre tu frente

para enseñarte una oración.

Es un lugar en el que los niños

juegan a la espera

entre las faldas de mujeres

que hacen dulce y pan,

el de las inolvidables

fiestas infantiles los domingos

a las cuatro de la tarde,

el de las noches de risa y miedo

entre cuentos prohibidos,

el del cosquilleo adolescente

bajo tu espalda en el desvelo.

Ese lugar promete una historia

con la infancia de los sueños,

primitivo como el amor,

como el deseo,

pero tan reciente como la voz

que te llama

o como el poema que musitas

al mirar.

(Reminiscencia. Pág. 21)

En el ejemplo que acabamos de ver, hay un vuelco hacia el pasado, donde se nos presentan imágenes de infancia que son, precisamente, imágenes en expectación de algún acontecimiento futuro, el cual nunca se nos va a revelar, excepto como acercamiento al juego de vivir.  Describe cada detalle con la humilde declaración de la inocencia de un hablante lejano. Y enmarca la palabra “desvelo”, que implica, de por sí, ansiedad, expectación o ensoñación. Destacan la ternura de la descripción y su drama humano, se hermana el miedo con la risa, el pasado con el futuro, mientras que el presente es ausencia, deseo y “desvelo”.

La ternura y la nostalgia son recurrencias innegables en esta poesía, se frotan y rotan como si dependieran una de la otra. De ellas se derivan las luces y sombras de una desolación y angustia que podríamos denominar, más como interrogante que como afirmación, kierkegaardianas en tanto son elegidas por el ser que las asume o percibe. Claribel Díaz, en los poemas de Ser del silencio y de sus otros libros (Ámbito de la inquietud y Tránsito a la vastedad), nos muestra el lugar del suelo, es decir, el de las profundidades de un suelo abierto, quimérico o real.


Biografía de Claribel Díaz

Claribel Díaz

CLARIBEL DÍAZ (Santo Domingo, RD, 1963). Poeta, ensayista, psicoterapeuta y educadora dominicana. Realizó sus estudios de Psicología y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, centro fundamental de formación y difusión de los poetas de su generación. Miembro del Taller Literario César Vallejo, perteneciente al mismo alto centro de estudios. Integrante del Movimiento Psicoanalítico Dominicano, grupo e institución que empezó a difundir la enseñanza freudiana y lacaneana en el país a principios de los 80. Reside en Nueva York desde 1996 y realizó estudios de maestría en el área clínica y social en la New York University. Posee una trayectoria de 30 años en la práctica y transmisión tanto clínica como literaria desde Santo Domingo hasta el presente en los Estados Unidos.

Actualmente, es la Vicepresidente de la primera Asociación de Escritores Dominicanos en los Estados Unidos (ASEDEU).

Libros publicados:

 Ser del silencio/Being of Silence (edición bilingüe 2003) y Órbita de la inquietud (2010). Tránsito a la Vastedad es su libro de poesía más reciente. Otros ensayos suyos, teóricos y críticos, aparecen regularmente en revistas y otros medios de difusión. Sus textos han sido incluidos en numerosas antologías.